viernes, 31 de agosto de 2018

Percepción, Albares y la fiesta del Triana

La percepción, a menudo, suele ir acompañada de señales que dan pie a creer, o a no creer, que para el caso el funcionamiento siempre es bidireccional.

De la percepción se han ofrecido diferentes versiones a lo largo del tiempo, las cuales han sido objeto de evolución, y que podrían ir, haciendo una reducción hasta casi el absoluto, desde el planteamiento ecologista de Gibson, que defendía la percepción como un proceso simple basado en las leyes naturales subyacentes en cada organismo, hasta la psicología moderna, que entiende ésta como el conjunto de procesos y actividades relacionados con la estimulación que alcanza a los sentidos, mediante los cuales obtenemos información respecto a nuestro hábitat, las acciones que efectuamos en él y nuestros propios estados internos. O lo que es lo mismo, la psicología moderna entendería la percepción como un flujo informativo constante, que nos serviría para interactuar con nuestro entorno.

En la línea que plantea la psicología moderna, nuestras percepciones se sustentan en una continua entrada de información, independientemente de los canales de comunicación utilizados: charlas, lecturas, atención o, sencillamente, observación, que como bien nos advertían en la facultad, a menudo es una de las técnicas de información más ricas, y menos usadas.

Junto a ello, y tirando de refranero español, constantemente se nos ha recordado que la experiencia es la madre de la ciencia, por lo que resulta importante avanzar en nuestros cometidos vitales dando sentido a los canales continuos de entrada de información, sin obviar los errores que cometimos en el pasado, que en muchos casos son los cimientos que sustentan nuestra existencia actual.

Más allá de consideraciones meramente teóricas, que nos sirven para centrar el objeto de análisis, ambos elementos, percepción y experiencia, son los que me indican que existe un creciente hartazgo entre la población rural con respecto a la situación estructural que padecemos. Y que, de igual manera, se abre paso una preocupación, en aumento, sobre nuestro futuro, el de nuestros pueblos y el de nuestra provincia. Por eso, independientemente de observaciones puramente prácticas, lo primero que hemos de tener es un espíritu abierto a los desafíos que se nos abren, una mentalidad constructiva y una gran capacidad de cerrar viejas heridas.

En mi opinión, y como primer paso, debemos encontrar un objetivo común, por sencillo que sea. Recordad que las cosas más sencillas son las que, a priori, más nos pueden reportar en términos de unión y capacidad para afrontar el futuro, por negro que aparezca. Sirva como ejemplo el "Alpakarock 2018", que celebramos en Tresjuncos el pasado 14 de agosto, y que dejó una lectura mucho más profunda de la que a priori cualquiera pudiera presagiar.

¿Queremos avanzar sin hipotecas? Partamos de cero.

Imagen del Alpakarock 2018, en Tresjuncos.
Ejemplos como el que esta semana me enviaba mi querido amigo Alberto Crespo, tan sencillos, dan buena cuenta de que si queremos, podemos. Por cierto, “gracias Alberto, por tenerme siempre presente en tus oraciones”.

Os reproduzco a continuación el breve artículo aparecido en www.somoscastillalamancha.com al respecto de la piscina de la localidad de Albares, en 1968. Sí, es cierto, en la actualidad una piscina se antoja una infraestructura bastante común, pero en 1968 fue toda una revolución, en un periodo en que la población rural únicamente abogaba por buscar la comodidad de la ciudad. Sirvió para que el pueblo recuperara su actividad en verano; y sirvió, sobre todo, para creer.



A finales de la década de los 60, Albares, un pequeño municipio de la provincia de Guadalajara, situado en la Alcarria Baja, quiso apostar por un futuro mejor. Un grupo de vecinos, con ganas, ilusión y mucho esfuerzo, dieron origen a un proyecto que, en esos años parecía totalmente inviable: construir una piscina municipal.

Debido a la envergadura del proyecto y a los escasos recursos de los que disponía el Ayuntamiento, fueron muchos los vecinos y vecinas del pueblo que colaboraron económicamente, sufragando, en cuotas, parte del coste de la infraestructura.

La piscina de Albares es una de las primeras de la provincia de Guadalajara, y también una de las primeras de España en zonas rurales. Su apertura al público el 29 de junio de 1968 supuso un estímulo en los hábitos veraniegos de los albareños, influyó de manera importante en el acontecer diario de sus vecinos y, especialmente de su juventud, generando recuerdos y vivencias entrañables.

Sin duda, fue un hito significativo en la historia de esta localidad, ya que sirvió de reclamo turístico y consiguió marcar un verdadero camino hacia la modernidad.

En estos 50 años de historia, hay que destacar dos tristes acontecimientos, las riadas en los veranos de 1987 y 1995, que ocasionaron graves daños y desperfectos en todo el pueblo y especialmente en la zona donde se encuentra situada la piscina municipal.

En los últimos años, sus instalaciones han ido renovándose para conseguir una infraestructura más cómoda y adecuada a las necesidades de los vecinos, que siguen haciendo uso de ella con el mismo entusiasmo que hace 50 años.

El pasado domingo 26 de agosto un programa de actividades servía para conmemorar el 50 aniversario de esta instalación, y para agradecer a aquellos vecinos valientes que apostaron por ser los primeros en construir una piscina municipal en la Alcarria. Una cuidada exposición de fotografías daban testimonio gráfico de estos 50 años. Del blanco y negro al color, un centenar de instantáneas recogen aquellos maravillosos veranos que forman parte de la memoria colectiva del pueblo de Albares.

Podéis ver las fotos en el enlace adjunto: https://somoscastillalamancha.com/gu/fotos-la-piscina-municipal-de-albares-cumple-50-anos/
Y recordad, de todo podemos aprender.

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